El Sindicato Libre de la Marina Mercante:génesis, expansión y declive

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Alfonso Alonso Barcón

Probablemente, el aspecto capital a la hora de iniciar una aproximación a nuestra sociología laboral marítima desde 1939 hasta comienzos de los años setenta, el hilo del que sacar el ovillo, es el silencio, la inexistencia de reivindicaciones, una fatalista actitud de sumisión que contrasta fuertemente con la lucha decidida que a no demasiado tardar –a partir de 1951, cuando tiene lugar el arranque del movimiento obrero durante la dictadura de Franco (con la huelga de Tranvías de Barcelona), y con dos momentos álgidos en 1958 (año clave en la evolución de los movimientos reivindicativos laborales durante el régimen franquista, con la ley de Convenios colectivos) y en 1960-61 (en que nacen Comisiones Obreras y USO)– habían empezado a protagonizar con creciente insistencia los trabajadores de tierra, quienes aumentarían más y más, con cada año que pasaba, la ventaja política y organizativa que venían esgrimiendo frente a sus compañeros del mar. De ellos nadie en tierra había oído nada. Era como si no existiesen. En una época en la que en los demás sectores productivos se registraban ya, en número creciente, huelgas, encierros y manifestaciones multitudinarias que ni siquiera una dura represión policial conseguía impedir, nada se sabía sin embargo de los trabajadores del mar, cuando por sus condiciones laborales y sociales tenían sobrados motivos para ponerse a la cabeza del movimiento obrero: todavía en 1968, cuando yo embarqué por primera vez (como alumno en prácticas, en el buque-escuela Alonso de Ojeda), y en 1970 (cuando superé las pruebas con las que obtuve mi primer título profesional), nos jugábamos la piel en un medio hostil, como en definitiva es el mar, para percibir salarios de miseria, eternizándonos en embarques de entre once y hasta quince y veinte meses seguidos sin vacaciones –alejados de nuestro hogar y de nuestra tierra y en ocasiones sin siquiera llegar a tocar puerto español durante casi todo ese período–, y soportando una jornada laboral que en determinadas circunstancias podía alcanzar e incluso superar las cien horas semanales. Así estaban las cosas (y así seguirían hasta al menos los primeros meses de 1978), y sin embargo –y a pesar de que no es eso todo– en los barcos nadie se movía.

 

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