El chorizo de Marca

El corrupto y el prevaricador son cínicos por naturaleza. Saben que operan al margen de la ley y en contra del interés general. Por lo general actúan contra el bolsillo del contribuyente. Su relación con el resto de los ciudadanos no es la propia de una convivencia solidaria, sino de fraudulencia en connivencia. Para ellos/as es lo normal. Han sido educados para parasitar, para vivir de sus apellidos, de su posición o escalafón, de su arte para el engaño y de la complicidad. El chorizo es un producto casi universal, pero en España tiene un rango sobresaliente. Tanto es así, que llegan a ser respetados y admirados.

Algunos han sido educados para ser chorizos de clase y con clase. Incluso colegas de quienes presiden un gobierno o una asociación de vecinos. Están presentes en todos los ámbitos: en los gobiernos, en las administraciones públicas, en los medios, en la Iglesia y en las iglesias, en el fútbol, en el palco presidencial, en los toros, en la construcción, en el arte, en la Universidad, en la tienda de la esquina. Son una plaga omnipresente.

             Chorizos de Marca 

En chorizo encuentra en la corrupción el mejor humus para arraigar y desarrollar todo su potencial innato o sobrevenido. Tan solo una pequeña parte de los chorizos existentes termina en las cárceles, el resto, especialmente si su nivel económico es elevado, se librarán de ella. Los “indultadores” de chorizos suelen tenerles un gran respeto. Las coincidencias suelen ser abundantes. Claro que nada tiene de extraordinario que en un sistema caduco y corrompido, como en el que estamos envueltos, el chorizo profesional arriesgue, porque sabe que son escasas las probabilidades de terminar privado de libertad, y lo que más le motiva quizás es que presupone que no va a tener devolver el dinero o el botín acumulado a lo largo de sus actividades charcuteras.

Es obvio que la corrupción debería ser atajada en origen, cuando se está fraguando el  proyecto, cuando empiezan a trasegar fraudulentamente los chorizos y sus acólitos, los cómplices y los vasallos, etc., todos ellos seducidos quizás por el reluciente poder de quienes disponen y ordenan en las altas esferas.

Al chorizo de mar igual le da una línea regular, que un remolcador de salvamento, que una academia que convierte en títulos profesionales los de recreo, que el fletamento de un gran petrolero. Lo importante es hacer singladuras con "provecho", y tener a uno o varios prevaricadores de alto rango a su servicio, y contar con funcionarios mudos y ciegos con los que poder entenderse. El chorizo de casta incluso llega a ser condecorado, por ser un chorizo con larga carrera. Entre auténticos chorizos todo se premia.

En cuanto al color, hay quienes creen que los chorizos son rojos por naturaleza, pero se equivocan al 100 por 100, pues aunque no se lo crean, los hay azules, verdes, negros como el carbón, e incluso con puntillas blancas como los huevos fritos en aceite hirviendo. Algunos son honorabes y otros honoríficos. Unos son expertos evasores de capitales, otros vendedores de armamento.

Hay chorizos de marca, chorizos patrióticos, con uniforme y etiqueta. La colección es tan variada como inmensa.

Al chorizo de casta le horroriza la trasparencia.

Los chorizos, evidentemente, pringan. Y sus pringues se pagan, directa o indirectamente, con impuestos.

La promesa y el arrepentimiento mediático son los recursos más utilizados ante la caída de un chorizo de primera. La resignación es la receta recomendada para los contribuyentes. Mientras otros y otras, probablemente los menos,  haciendo gala de un servilismo insuperable,  quiebran el brazo de la balanza de la justicia, y pagan de ese modo el tributo al dedo al que se deben.

Pobre España con tanto chorizo suelto.

 

 Alcaldes imputados por la justicia

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