Melillero de bruces

 

 

 

SUR

 

Tiene algo de metafísico, como si la Providencia dejara mensajes que casi nadie sabe interpretar en la estela de las olas de la dársena del Marqués de Guadiaro. La castaña que se ha pegado el Melillero contra el cantil del muelle uno se puede entender como un oportuno aviso a navegantes. Ocurre en plena fase final del concurso de la nueva línea, que es el bote salvavidas al que el puerto de Málaga y los ciudadanos de las dos orillas se aferran, ante el progresivo hundimiento de un servicio que se ha dejado zozobrar sin remedio, para beneficio de algunos. El hecho de que en el buque viajaran apenas 50 pasajeros en el momento del accidente, una mínima parte de su capacidad, ilustra el triste estado de la cuestión.

Para evitar que se vaya definitivamente a pique, el Ministerio de Fomento ha lanzado un concurso con unas prerrogativas muy claras, y está dispuesto a pagar por ello, más incluso de lo que vale. El trayecto tiene que ser más corto que el actual, con unas insoportables siete horas y media de travesía. Con buques rápidos, modernos y cómodos. Y en verano se tendrán que fletar refuerzos con ferrys de alta velocidad, como ocurría hasta fechas recientes.

Las tres principales navieras que operan en el Mediterráneo español han presentado ofertas, y en el vecino competidor de Motril se han puesto de los nervios, con el temor de ser los primeros en tocar fondo. Después de dos recursos de la plataforma granadina, ambos desestimados, el concurso tiene que despejarse ya, y los nuevos servicios de calidad deben comenzar a unir las ciudades hermanas de Málaga y Melilla la próxima primavera. A eso es a lo que aspiran, sobre todo, los residentes de la Ciudad Autónoma, que son -no se olvide nunca- los protagonistas de la ecuación.

Llegados a este punto, el proceso no está exento de riesgos, y el principal es que se produzca una concesión muy a la baja, que resulte finalmente en que la calidad no sea la prevista en el pliego; o con regateos excesivos, que aboquen a la línea marítima a cronificarse en la segunda división en la que navega ahora. Ante todo, el Melillero no puede volver, una vez más, a darse de bruces contra el cantil del desgobierno.