Lágrimas en la mar

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Cuando navegaba en la mercante, estuvimos a 5 metros de arrollar un pesquero en la boca de la ría de Vigo. Era madrugada y había niebla. Con el contramaestre bajábamos las ruedas de las bodegas. Ojo de Águila (así llamábamos al contramaestre) me preguntó si escuchaba el sonido del motor de un barco que tenía que estar muy próximo a nosotros. Me acerqué a la banda a escudriñar entre la niebla. Nada. Unos minutos después, Ojo de Águila insistió. Ahora sí se oía un motor. Cada vez más y más cerca. Un sonido de pesquero. Al momento nuestro barco hizo sonar su sirena. Grave y prolongado. Dos más cortos. Y otro largo, eterno. Pasaron segundos desde el aviso hasta que unos alaridos de miedo nos congelaron. Saltamos a la banda de estribor y vimos un pesquero, con dos marineros a proa gritando y haciendo gestos a su puente. Ambos barcos buscaron evitar el choque. La suerte quiso que la reacción de ambos fuese correcta y nos emparejamos hasta vernos el color de nuestros ojos. Puedo imaginar el susto de muerte de aquellos tipos cuando de la niebla surgió nuestra inmensa proa negra. Nuestros 120 metros contra sus 30 de eslora. Aquel pesquero lleva su radar inmóvil. La ley les obligaba, pero seguro que estaba estropeado. Solución: dos personas a la proa del barco para que rasguñen con sus ojos la niebla.

Se puede creer que todo es parte del pasado, pero las formas de trabajo siguen vigentes. Hace días, otro suceso nos recorrió la espalda: el hundimiento del Santa Ana en Avilés. Antes de embarcar, la tripulación había recorrido 350 kilómetros en autobús. Una locura para quien tiene después que enfrentarse al trabajo agotador de pescador. Y mantener los ojos abiertos en esa primera guardia de navegación.    La mar es un sitio inhóspito para el hombre. El accidente está siempre presente. Es imprescindible ser más combativo con lo que se puede mejorar. Hay mucho por hacer. No sé cómo fueron los últimos accidentes, pero los pesqueros que cada día se hacen a la mar son como una estacha llena de nudos siempre a punto de cascar.